Clara Fraser: sintetizadora del marxismo y del feminismo

por Tamara Turner

"Qué mejor destino puede elegir una persona que participar en la emancipación de la humanidad?" Clara Fraser se planteó esta pregunta y la contestó viviendo valientemente, con gusto y dedicación y con un estilo inimitable. Diez años después de su muerte, la vida de Fraser aún nos inspira. Y su novedosa síntesis del socialismo y del feminismo se puede considerar, sin lugar a dudas, un gran avance en el pensamiento marxista.

Fraser siempre insistió en que no había descubierto el feminismo socialista. Es cierto que todos los grandes marxistas defendían la liberación de la mujer. Pero fue Fraser quien demostró cuán esenciales son las dinámicas de sexo y raza en la pugna por el cambio en nuestra era actual.

La Revolución Permanente conoce al feminismo

Comenzando hace más de un siglo, socialistas como Carlos Marx, Federico Engels, V.I. Lenin, Clara Zetkin y León Trotsky demostraron que la emancipación de la mujer era crucial para la lucha por el socialismo.

Sin embargo, muchos izquierdistas pensaban que la “cuestión femenina” era divisiva y secundaria. Se le ponían trabas al liderazgo femenino y se le trataba con condescendencia. Estos radicales, varones en su mayoría, eran inflexibles y conservadores, y los sorprendieron los acontecimientos sociales que comenzaron a finales de la década de 1950. Consideraban los movimientos de la gente de color, las mujeres, los estudiantes y los homosexuales como desviaciones y aberraciones de la lucha de clase “real”, la cual era efectuada por sindicalistas varones blancos en la industria pesada.

No obstante, Clara Fraser no estaba sorprendida pues había estado poniendo atención a la vitalidad política del segundo sexo: o sea, de las militantes sindicales como su madre, de sus camaradas trabajadoras de la izquierda, y de los organizadores populares negros de los derechos civiles, quienes habían sido convertidos en “modelos de independencia, aplomo, responsabilidad e iniciativa por las múltiples formas de opresión que los afectaban”.

Efectivamente, comentaba Fraser, “el feminismo, la lucha por la igualdad de derechos de las mujeres, siempre es un catalizador en la lucha de clases”. Ella consideraba que el liderazgo de las mujeres — sobre todo de las mujeres de color y las lesbianas — haría avanzar al movimiento en su totalidad.

Fraser explicaba que la cuestión de raza y la de la mujer comparten una naturaleza dual. Cada una de ellas representa un problema con su lógica, historia y necesidades propias. Pero la explotación en el trabajo conecta tanto a las mujeres como a la gente de color con la lucha de clases. Las mujeres de color, en quienes se combinan los dos aspectos de raza y género, tienen un papel central en la aclaración de su problemática y en la unión de los movimientos.

Este análisis surgió del hecho de que Fraser comprendía el concepto de la Revolución Permanente de Trotsky como un proceso continuo e internacional cuya fuerza principal la constituyen las demandas insatisfechas de los más oprimidos — demandas que son inherentemente revolucionarias pues el capitalismo no las puede satisfacer.

Fraser reconocía que el surgimiento de movimientos dinámicos por la igualdad era una característica de la Revolución Permanente y una solución necesaria para los problemas de un movimiento laboral conservador y estratificado.

Los sindicatos de EEUU se vieron enormemente debilitados por la caza de brujas anticomunista de la década de 1950, la cual mermó a radicales y a defensores de los derechos civiles. La burocracia sindical rechazó la mayoría de los movimientos de la década de 1960 y se limitó a colaborar con el Gobierno y a tener un papel servil con respecto al Partido Demócrata. Dicha actitud ha mermado el movimiento laboral hasta el grado de que hoy sólo alrededor del 13 por ciento de la fuerza de trabajo de EEUU está sindicalizada. Los jóvenes, las mujeres y la gente de color, aunque son conjuntamente la mayoría de los trabajadores, generalmente no pertenecen a los sindicatos o están reducidos a una condición de segunda clase dentro de los mismos.

Fraser vaticinó que “la supervivencia misma de las organizaciones laborales requiere que emerja una nueva facción revolucionaria en los sindicatos. El impulso inicial … provendrá de la gente y de la problemática propia de esa clase pero fuera de los sindicatos”.

Estos rebeldes hacen llamados para que los sindicatos se deshagan de su conservadurismo y sobrepasen las limitadas demandas económicas, y que luchen por reformas tales como la acción afirmativa y el cuidado infantil. Tales asuntos pueden no sólo movilizar al movimiento laboral sino también radicalizarlo, demostrando que toda reforma lograda bajo el capitalismo es temporal. Como Trotsky afirmaba, las demandas de los más oprimidos ayudan a los trabajadores a “encontrar el puente entre sus demandas actuales y el programa socialista de la revolución”.

La trayectoria de una líder

Clara nació el 12 de marzo de 1923 y fue criada por padres judíos inmigrantes en un gueto multicultural de East Los Ángeles. Su madre socialista era trabajadora de la confección y su padre era anarquista y chofer de camión. Trabajó para pagarse sus estudios universitarios y posteriormente se unió al Partido Socialista de los Trabajadores (Socialist Workers Party, o SWP).

Tuvo suerte de pertenecer a la sucursal del SWP de Los Ángeles mientras era dirigida por Murry Weiss, brillante teorista y escritor, y por Myra Tanner Weiss, dinámica líder que insistía en la importancia de la cuestión femenina. Los dos eran colaboradores cercanos de James P. Cannon, fundador del SWP y del trotskismo de EEUU.

En 1948, Clara se mudó a Seattle para ayudar al SWP local. Esta sucursal se hizo conocida por su alto nivel de activismo en medio de la era de McCarthy en la década de 1950 y por su obra teórica sobre la liberación negra. Junto con un grupo de otros pensadores de Seattle y Los Ángeles, ayudó a Richard Fraser, su segundo marido, a desarrollar el concepto de Integración Revolucionaria.

Esta importante teoría demuestra que la tarea principal de la lucha negra en los EEUU ha sido la integración y la igualdad, no la separación; que esta aspiración sólo se puede lograr a través del socialismo; y que los líderes negros y la lucha contra el racismo son cruciales para unificar a una clase trabajadora dividida y corrompida por los privilegios de los blancos.

Desgraciadamente, los líderes cada vez más burocratizados del SWP rechazaron este enfoque revolucionario para la liberación negra. En 1965, el SWP prohibió la discusión de puntos de vista disidentes en sus convenciones, el cual fue un golpe mortal para la democracia interna del partido. En enero de 1966, la sucursal de Seattle se cerró.

Nacimiento de un nuevo partido

En un periodo de cinco meses, la sucursal de Seattle fue reorganizada como el Partido de Libertad Socialista (Freedom Socialist Party, o FSP) con un programa trotskista de internacionalismo, feminismo socialista e Integración Revolucionaria. Dos años después, el FSP se dividió debido a su primer desafío referente a la aplicación práctica del feminismo — el derecho de las radicales a ser tanto activistas como madres, principio que apoyaba la mayoría del partido.

Durante un breve periodo de tiempo en su historia inicial, el FSP fue un partido integrado sólo por mujeres y dirigido por Clara Fraser y sus colegas Melba Windoffer y Gloria Martin. Pero esto cambió pronto al empezar a integrarse una nueva generación de varones.

Para la izquierda constituida predominantemente por hombres, el FSP era una aberración: ¿un partido leninista dirigido por una mujer? ¿Feminismo socialista? ¡De ninguna manera!

Fraser conocía dichas actitudes: “Desde que las feministas organizaron el movimiento moderno durante la década de 1960, todos nos han tildado de estar locas, insatisfechas, de ser pequeño-burguesas, narcisistas, frívolas, destructoras de hogares, perras ruidosas, tortilleras, odiadoras de los hombres y enemigas de la civilidad y la civilización.”

Sin embargo, como Fraser sabía, la revolución contra el capitalismo requiere de un partido de vanguardia que guíe y una a los trabajadores. A pesar de las burlas, asumió el proyecto gigante de crear un partido de ese tipo. Esta tarea se hizo aún más difícil pues gran parte de la izquierda no confería ningún tipo de credibilidad al FSP feminista.

Pero Fraser triunfó en la “construcción continua, consistente y consciente” que James P. Cannon consideraba necesaria para fundar un partido que venciera al sistema de lucro. Fraser hizo hincapié en los fundamentos teóricos, en los principios sólidos, en el involucramiento en la problemática de ese momento, y en un enfoque internacionalista que reconociera la revolución de EEUU como clave para el progreso en otros sitios. También enfatizó la tradición de James Cannon del liderazgo colaborativo, de la escritura y publicación, del sindicalismo por la lucha de clases, de la reagrupación de la izquierda, y de nunca jamás darse por vencido sin luchar. Debido a sus destrezas y su ejemplo, el FSP ha sobrevivido, florecido, y se ha mantenido fiel a sus raíces durante 42 años.

De ideas a actos

Los logros políticos de Fraser, alcanzados a pesar de ser una madre trabajadora con dos hijos, llenaría varios volúmenes.

En 1948, justo después de mudarse a Seattle, Fraser se hizo líder de una prolongada huelga contra Boeing, su empleador en ese momento. Organizó el Comité de Justo Trato para Cuba de Seattle después de la revolución de 1959. En 1967, ella y una rara colaboración de mujeres de la vieja y la nueva izquierda fundaron las Mujeres Radicales (Radical Women, o RW) para proporcionar una voz feminista dentro de los movimientos dominados por los hombres y para permitir que las mujeres desarrollaran su propio liderazgo en una organización autónoma pero nunca separatista.

Junto con compañeras de trabajo negras en un programa contra la pobreza, Fraser lanzó la batalla para legalizar el aborto en el estado de Washington. Se organizó para que la comunidad controlara a la fuerza policiaca y para la defensa de las Panteras Negras, participó en actos de derechos de pesca de los americanos nativos, ayudó a obtener la protección laboral con base en la orientación sexual y la ideología política, y proporcionó una voz judía humanista contra el zionismo.

Fue una creativa estratega en numerosas pugnas legales por el derecho a ser radical. Algo importante fue su caso de discriminación por sexo e ideología política que duró ocho años contra su empleador, Seattle City Light, y el caso Freeway Hall, en el cual Fraser y demás líderes del FSP ganaron el derecho de que grupos disidentes mantuvieran registros internos fuera del alcance de sus opositores políticos y de los tribunales.

Fraser también se volvió a asociar con Murry y Myra Weiss y otros antiguos líderes del SWP que abandonaron el SWP cuando decayó. Juntos iniciaron el Comité por un Partido Socialista Revolucionario para tratar de lograr el reagrupamiento de la izquierda. Aunque esta iniciativa fracasó eventualmente — el punto de debate fue el feminismo — Murry Weiss quedó tremendamente impresionado con el feminismo socialista y se unió al FSP. Murry siguió activo en el partido hasta su muerte en 1981.

Aún continúa la batalla socialista por un mundo mejor a la cual Fraser dedicó su vida, batalla que ha sido fortalecida por su legado. Aquéllos que sigan sus pasos se convencerán, tal como ella se convenció, de que “la acción de luchar contra la injusticia está llena de esperanza y felicidad … que es una tradición histórica innata y una antigua búsqueda de la satisfacción humana universal”.